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miércoles, 29 de abril de 2009

¿Despedida?

Bueno, llevaba ya la ostia sin postear nada, pero es que no me apetecia demasiado, ya avisé al principio que soy tan constante como un bipolar con dos rayas de coca. Peero al final mis días en Málaga han llegado a su fin, desgraciadamente. Estar aqui es un lujazo (mas Málaga ciudad que el pueblucho este que es Coin, pero bueno), así que en cuanto pueda me vuelvo al Sur, pero habia que seguir creciendo.

Y como estaba muy estancado, el siguiente paso tenia que ser algo bien radical, algo que me hiciese crecer de verdad.

Hice las pruebas para el ejército, y hasta mañana no lo sé seguro, pero con toda probabilidad entre a operaciones especiales, un comando como los de las películas, je Ô_ó Jajaja, coñas aparte, será muy duro, pero yo siempre he sido de retos, y el 11 me destinan ya, a Alicante probablemente, así que era tonteria pagar un mes mas de alquiler aqui. No sé cuando podré volver a conectar, así que os dejo un saludo a todos los que me hayais leido, un agradecimiento, y mi último relato del bueno de Aldarion de despedida; largo, pero de los que mas han gustado. Nos vemos!!





Pacto con el diablo

Una vez mas… Una vez mas… No se va… El maldito olor no se va…¡¡No se va!!

La figura de Aldarion se arrodilla de nuevo en el riachuelo junto al río, frotándose insistente y desquiciadamente manos y antebrazos bajo el agua, una y otra vez, con toda su fuerza, arañándose con las propias zarpas, dejando escapar finos hilos de fluido vital cauce abajo. Pero no es el escozor lo que empuja su fobia; Saca las manos del agua, abriéndolas ante sus ojos, y contiene la náusea que vuelve a atenazar su estómago cuando su sensible olfato capta aún el olor de la sangre humana en sus uñas, y la vista parece traicionarle tiñendo intermitente de culpable carmesí la piel que observa.

Muchas veces antes ha matado, y no a pocos. De todas las razas y especies, de ambos sexos, de este y otros planos… Pero nunca hasta ahora una sola muerte le hizo sentirse así. Nunca antes los ojos de un caido le miraron con tan terrible intensidad, nunca antes el olor de la sangre se le antojó tan repugnante y despreciable…

Pero las palabras de la vampira fueron claras: El corazón de un Selunita si quería volver a ver a Sulya con vida. No dio explicacion alguna, ni siquiera se molestó en demostrar que el oscuro pacto era genuino; que tal y como decía, realmente había sido ella la causante de la desaparición de la elfa, que la había secuestrado tomando venganza por la afrenta cometida contra los suyos en el asesinato de la antigua Guardiana de la cripta. Sin embargo, la duda, la desesperante posibilidad de que así fuera, no dejaba lugar a no intentarlo. Haría todo lo que fuera necesario, incluso abandonar la caza, con tal de ponerla a salvo. Cualquier cosa.

Intranquilos pasos le llevaron hasta Misnor, hogar de un templo selunita. Punzadas en el pecho cuando escuchó a la sacerdotisa Ifalna charlar sencilla y felizmente con sus dos escuderos, riendo entre comentarios cotidianos sin importancia. No era justo. Sabía ya perfectamente que el mundo no era justo, y acostumbraba a aceptarlo como un simple hecho, resignado. Pero hubo un tiempo en que también él reía y pensaba en el futuro, en que disfrutaba el cálido paso de los días en su compañía… No era justo.
- Este es el templo de la Diosa Luna, ¿verdad? – Dijo adelantándose un paso, acallando la culpa con la imagen de aquellos preciosos ojos verdes. – Necesito ayuda… Con mi problema… Consejo. – Agregó abriendo los brazos solo un poco, sin perder ese tono defensivo, frío, dejando de manifiesto cual era su condición, y por qué a los selunitas acudía.

No dudaron de él ni por un momento, aunque no habia mentido en realidad. Es solo que nunca aceptaría ya escuchar consejo alguno de nadie. Ifalna se ofreció a atenderle, pero ante su negativa de hacerlo allí por miedo a oídos ajenos, fue el paladín quien aceptó acompañarle con disposición, tras despedirse con una cálida sonrisa de la sacerdotisa. Lo condujo hasta las afueras, tras una pequeña colina apartada de miradas extrañas en la que había preparado con anterioridad un par de sencillas trampas.

El confiado hombre no tuvo tiempo alguno de reaccionar; Tan pronto como la trampa saltó, el canalla mestizo se giró y abalanzó sobre él armas en mano, atacando sin una sola palabra. No hubo oportunidad para la defensa. Aún caído en el suelo, sobre el líquido lecho de su vida escapada, sus zarcos ojos seguían clavados en él con fijeza, su rostro maduro y bondadoso deformado por el horror de la execrable traición perpetrada, acusándole de su cobarde atrocidad.

Tuvo que girarse a un lado, llevándose las manos a la boca para no vomitar, incapaz de aguantar aquella mirada. Cerró los ojos inspirando profundamente, y trató de enfriar su mente, centrándose en lo único que importaba ya, lo único por lo que lo hacía. Evocando el recuerdo de Sulya, pudo contener la náusea lo suficiente como para arrodillarse junto al paladín y, con sus propias manos desnudas, despojarle de la coraza. Hundió luego el puñal en su pecho, y forzando las costillas, escarbaron sus dedos en busca del músculo. Y los ojos, que no dejaban de mirarle, advirtiéndole mudos que los recordaría hasta el último de sus días, que el piadoso olvido no llegaría... Tomó aire lentamente, recuperando de forma gradual su superficial fachada de indiferencia y frialdad, y se recordó que nada tenía ya que perder, ningún orgullo que conservar, mientras arrancaba el puro corazón de su maltrecha jaula mortal, manchándose hasta los codos de aquella sangre marchita que parecía querer maldecirle con cada una de sus gotas.

Tras guardarlo, un papiro encantado ocultó su presencia de ojos acusadores, y emprendió la presurosa huida hacia el punto de intercambio, hacia Athkatla.

Sus pasos avanzan firmes, uno tras otro, impacientes y al tiempo temerosos. Tanto tiempo ya desde la última vez que pudo mirarla a la cara, tanto desde que recibiera un abrazo… Y el solo hecho de pensar que puede haber pasado todos estos meses, años ya, en las garras de la vampira, dispara la sangre en sus venas y le grita al oido que cualquier precio a pagar por ella, su alma misma incluida, es poco.

Pero no echa a correr; Mantiene su paso ligero, apurado. No puede permitirse ahora el lujo de llamar la atención y ser seguido, o la matará. Debe mantenerse sereno, alerta a las trampas que con toda seguridad el diablo le habrá preparado.

Los llanos están llenos de gente, como casi siempre, aventureros charlando acerca de posibles trabajos, mercaderes avanzando en sus caravanas hacia las puertas, aldeanos haciendo las compras en el mercado, y la guerra en boca de todos. Nadie le presta atención mas allá de las obligatorias miradas de morbosa curiosidad, mejor así.

Llega al umbral de las minas trasgas, la oscura boca del lobo tras la que yace encerrada, prisionera, la única luz que ha visto y verá. Se detiene un instante, tomándose el último respiro para dejar aquí atrás todo lo que no necesita. Una honda inspiración, cerrando los ojos, y deja de lado todo pensamiento no útil en adelante, enterrándolos tras la urgente necesidad que le llama desde las profundidades del subsuelo. Habrá tiempo después para odiarse y lloriquear como un niñato.

Cierra la puerta tras de sí, haciendo el menor ruido posible, y se adelanta hasta un recodo, en el que apoya la espalda en la pared, atento a los sonidos del lugar mientras sus ojos felinos se adaptan al cambio de luces. Nada mas allá del desagradable parloteo de los grandes trasgos, la puerta no se abre. Está bien, puede continuar. Avanza ya sin esconderse, a paso lento y sosegado, casi como si fuera ajeno al enorme revuelo que las patéticas criaturas organizan rápidamente cuando detectan al intruso. No dura demasiado, pero acaba con todos ellos con sus propias garras, sin un movimiento de mas, fría y sistemáticamente. La ira es un bien preciado que no debe derrocharse en vano…

Ruido de pisadas desde los túneles inferiores, metálicas, distintas a las de los trasgos. Asoma la cabeza al corredor, y ve a un joven humano herido que pelea con ellos. Se limita a avanzar hacia su destino, ignorando a unos y otros. Cuando llega a su altura, el humano ya ha acabado con sus enemigos, y le mira un tanto extrañado, saludando. Sólo una orden por respuesta, dicha con un tono áspero y hosco que no admite réplica:

-Vuelve arriba. – Y una mirada de soslayo que deja claras las consecuencias de una negativa. No puede haber riesgos, no con ella. No tarda en escuchar como los pasos se alejan, y no puede evitar sentir cierto alivio. No disfruta con ello, pero eliminará sin contemplaciones cualquier amenaza para ella. No hay forma de que no lo haga.

Sigue así descendiendo por los túneles hasta las cloacas, cauto pero resuelto, deshaciéndose de cuantos indeseables le salen al paso sin mas que sus manos, no hay remordimiento alguno con esta clase de escoria, menos aún con la basura miántropa que se agolpa justo ante el descenso al piso más profundo del complejo subterráneo.

Toma las escaleras decidido, sin disimulo alguno. Es imposible que no sepan que viene con todo el jaleo que han montado las ratas unos metros arriba, y de todas formas, de poco le serviría ocultarse ahora. Observa a su alrededor con minuciosidad, paseando la vista por el entramado de islotes conectados en este mar de aguas de desecho. Llama poderosamente la atención el intensísimo olor a podredumbre que llena el lugar, demasiado denso con mucho incluso para las cloacas… Debe haber traído a los malditos necrófagos consigo. Sigue andando, centrándose en cada rincón oscuro, cada burbuja en el agua, los sicarios pueden aguardar escondidos en cualquier parte, y este hedor mantiene embotado su olfato.

Mas las suaves pisadas no tardan en dejarse oir, apenas una caricia contra las mugrientas baldosas, con un paso minuciosamente medido, dejándose ver poco después. No hay duda, es ella; La oscura Hechicera de la Cripta se muestra majestuosa incluso en un estercolero como éste, sus vaporosos y casi ingrávidos pasos no hacen más que resaltar su impía e inmortal belleza, las negras sedas que visten su marmórea y perfecta piel parecen no hacer si no obedecer sumisas, con antinatural movimiento, a cada capricho de su antojadiza reina. Una abundante cascada de negros cabellos, oscuros y brillantes como el más perfecto de los ónices cae obediente acariciando sus hombros y espalda, enmarcando un rostro demasiado soberbio en su atractivo como para estar vivo. Y, por encima de todo, ese par de fríos rubíes que son sus ojos, los ojos de un provocativo, inteligente y cruel depredador.

Detiene su caminar con gracia, y por un momento, sonríe como si de una inocente elfa se tratase, haciendo que un escalofrío recorra su espina dorsal desde el cuello a la base.

-Has venido. – Dice complacida, y el incauto podría pensar que parece feliz.

Quizá sean sus propias imaginaciones, pero juraría que el aura de poder, de peligro a su alrededor es casi física, palpable, como si algo inmensamente mayor que lo que ve estuviese ante él. No importa cuantos monstruos parecidos cace, nunca se acostumbrará a la presencia de éste…

Pero por primera vez, el miedo no dura mas que una fracción de segundo, no le permite durar mas, pues peligra esta vez algo mucho más importante que su propia vida. Reacciona rápidamente, dando una última batida visual y auditiva a la zona antes de hablar, con una voz áspera y firme, rebosante de odio.

-¿Dónde la tienes? Suéltala ahora. –Exige ceñudo, manteniendo fijos sus ojos en los de ella, que parecen saborear cada emoción que escapa a la fachada de Aldarion, y ahora comprende. Los demás vampiros se contentan con alimentarse de sangre, pero no Ella… Ésta va mucho mas allá, pues parece saborear cada sentimiento con exquisito paladar…
-Todo a su tiempo, mi querido Cazador… Ella está aquí, oculta bajo mi ilusión. ¿Has traído lo que te pedí?

Antes de que pueda acabar la frase, el detestable trofeo de su crimen cae a un metro escaso de la hechicera, que con un simple gesto, lo hace flotar plácidamente hasta su mano. Extiende el fino y elegante índice, y lo pasa por la sanguinolenta superficie del corazón, para llevárselo luego a los labios y degustarlo, sonriendo con fruición al paladear.

-Así que lo has hecho… -Dice lentamente, sin disimular su retorcido agrado. –Has matado a un inocente…
-¡Déjate de palabrería y libérala ahora mismo! – Grita perdiendo la paciencia por un momento, llevando las manos a las vainas de su cintura, que llevan rato gritándole que no es hablar lo que debería estar haciendo.

Ella sonríe divertida, alza una mano lentamente, y a un chasqueo de dedos suyo, la ilusión desaparece, mostrando a la mortificada prisionera tras de sí. Una elfa increíblemente delgada y demacrada, prácticamente incapaz de sostenerse sobre las piernas, se tambalea débilmente tras la vampira. Sus prendas son solo sucios harapos ya, la piel visible aparece plagada por completo de marcas de mordeduras, y un lacio y maltratado mechón pelirojo cae desde su capucha.

El corazón se le encoge con agónica violencia al verla, y comprende que el origen del hedor no es otro que ella misma…

-¡¡Sulya!! – Y avanza dos pasos emprendiendo la carrera hacia ella, obedeciendo a un puro acto reflejo… Pero el filo de un ornamentado puñal rozando la garganta de la prisionera le hace detenerse en seco, clavando los talones en el suelo.

La vampira chasquea la lengua repetidas veces de forma desaprobadora, manteniendo el cuchillo contra la piel de su presa, y habla de nuevo con desesperante tranquilidad, deteniéndose a degustar cada segundo que pasa.

-No tan deprisa, mi cazador… No soy tan estúpida… Te pegarás a la pared y yo haré que ella ande hacia ti. Muévete antes y dala por muerta.
No hay lugar alguno para el orgullo ya; lentamente y de forma sumisa, alza las manos donde ella pueda verlas y retrocede hasta la pared, sin un movimiento brusco, completamente a merced de la que un día fuera elfa, que ríe terriblemente complacida al ver su rápida respuesta.

-Realmente la amabas… - Y propinando un leve empujón a su cautiva, la hace echar a andar penosamente, mientras ella retrocede unos metros.

Los segundos no pasan mientras espera pegado a la pared, obligado a ver el deplorable espectáculo de los esfuerzos de Sulya por llegar hasta él y librarse de su inacabable tortura. Las marcas y heridas abiertas de su piel son sencillamente abominables, y sus labios se mueven sin emitir sonidos bajo la mordaza, en un vano intento de revelar tormentos inenarrables…

Al fin, incapaz de contenerse por un solo segundo mas, salta hacia ella en un desesperado abrazo, rodeándola protector y cortando la línea entre ella y su captora, que se ha esfumado ya en el aire. Pero no importa, Sulya está viva. La siente temblar entre sus brazos, fría y débil, como una frágil muñeca de cristal que cualquier movimiento pudiese romper.

-Por todos los Dioses… De veras lo siento, Sulya, todo ha sido culpa mía… Pero ha acabado… -Las palabras escapan desordenadamente a sus labios, brotando tal cual nacen en caótica vorágine, mientras estrecha a su cadavérica amada contra sí. Se separa un momento cuando recupera algo de sensatez, recordando cual es su situación aún, y la libra de la mordaza, para luego echar atrás la capucha con delicadeza.

Y el mundo entero se sacude bajo sus pies en un súbito y atroz azote para, lenta pero imparablemente, empezar a desmoronarse, piedra por piedra. Se aparta un paso a un lado, aturdido y mareado incapaz de pensar ni decir nada, incapaz de respirar siquiera, solo viendo como, con una absurda lentitud, todo se viene abajo sin dejar de dar vueltas.

No es ella. La desconocida cara de la marchita elfa le mira sumida en su febril expresión. No es ella. Las peculiares astas no nacen entre su cabello, sus vulgares ojos marrones no son los cristales esmeralda que tan bien recuerda… No es Sulya.

La desgraciada alma en pena le observa con los ojos brillando apagados e idos, señal inequívoca de que un hechizo la domina, alargando una temblorosa mano hacia la empuñadura de una de sus espadas, y se lamenta con un roto y vacilante susurro.
-Yo… tengo que… matarte… Tengo que… matarte…

Y la figura de Ireth aparece sobre las escaleras. Triunfal, radiante en su devastadora victoria, reina de toda desdicha sobre este aborrecible mundo, riendo abierta y sonoramente, mostrando sus perfectos y marfileños colmillos, alimentándose y haciéndose más y más fuerte…

No es Sulya…

Cabizbajo, con el cabello cubriendo sus ojos, no hace mas que alzar despacio una mano y estirar el brazo a un lado, sin mirar, apresando el rostro de la débil elfa que sigue debatiéndose con mortificante empeño por robar su arma, aún cuando apenas se sostiene. Los sonidos se mezclan, las sensaciones se confunden, todo se hace un angustioso Pandemónium en el que lo único claro son las frías y eufóricas carcajadas del diablo.

-Dónde la tienes… -Acierta a decir una voz baja y ronca, desgarrada, en un volumen justo para apenas ser escuchada, lanzada al viento sin un destino marcado.
-Aquí mismo… No te preocupes… - Y llevando la mano a la cintura, coge una fina cimitarra de hoja negra, que lanza volando hacia Aldarion. Él la coge con la mano libre, sin un movimiento de mas, sin alzar la vista. Y al momento sabe que es la hoja que un día regalara a la peliroja, y de la que nunca se separaba. Pero antes de que pueda exigir nada, de que acierte a reaccionar en su tortuoso estado, la hechicera oscura prosigue con su truculento espectáculo, alzando la voz para asegurarse de que cada palabra es escuchada.

-¡¡Y aquí la tienes a ella para que puedas besarla!! – Grita con pérfido regocijo, arrojando escaleras abajo un cráneo, una calavera que rueda los escalones uno a uno, burlona, para ir a detenerse con deliberada lentitud a los pies del mestizo. Un cráneo coronado por dos inequívocas astas.

Hace mucho que esto es mas de lo que su mente puede soportar. En shock, noqueado completamente por el brutal golpe recibido en el único punto sensible que le quedaba, no es capaz de responder de forma alguna al infierno en tierra que las cloacas se han vuelto. Sus sentimientos se amontonan unos contra otros, agolpándose y uniéndose en una amalgama indiscernible frente a la que nada se puede hacer.

- ¡Así pagas por tu afrenta contra mi gente! ¡Yo la encontré y la capturé hace mucho! ¡Yo fui la responsable de esa desaparición suya por la que tanto te mortificas! ¡Éste es tu precio! – Y de nuevo no puede contener su cruel y retorcida risa.

El único movimiento de Aldarion son los intermitentes temblores de sus hundidos hombros, temblores involuntarios, que escapan a cualquier control, del mismo modo que las lágrimas riegan su rostro mejillas abajo, corriendo libres tras tantísimo tiempo en desasosegada y fúnebre procesión, lanzándose al vacío suicidas contra el enmohecido amante que es el suelo, tomándolas una tras otra…

- No puedes imaginar siquiera las torturas por las que ha pasado todo este tiempo… Las vejaciones que tuvo que soportar durante tantos meses… Y al final, aún recordaba tu nombre… -Añade enterneciendo la voz, presa del más oscuro regocijo, para después seguir relatando con detenimiento y lentitud, degustando cada pausa y palabra, los muchos tormentos a los que los suyos la sometieron.

La débil elfa que Aldarion aún sostiene deja escapar un sordo quejido, sorprendida, cuando la presa sobre su rostro empieza a ganar fuerza, clavándose las uñas en su piel, mientras él sigue llorando en perfecto silencio, cabizbajo, temblando sus hombros de forma mas perceptible cada vez.

-¡El sufrimiento que sientes ahora no es nada comparado con el que ella ha soportado!¡Nada! Pero no te preocupes… No sólo fui buena con ella… También con el retoño que estaba gestando!

Los gritos de la elfa se hacen perfectamente audibles ya, agónicos, mientras se sacude estertórea, debatiéndose contra la férrea presa que amenaza con aplastarle el cráneo, aullando como un animal asustado, quizás libre ya del encanto. Pero él ni siquiera la escucha. Sus ojos siguen fijos en el suelo ante sí, en la astada calavera que se recorta en su vista contra sus propios mechones, nublada por el calmo pero contínuo caudal que nace de un alma rota. Todo este tiempo odiándola por haberle abandonado… Todo este tiempo guardando rencor, negándose a buscarla, a perseguirla, por puro y estúpido orgullo, mientras ella sufría por su culpa… Podría haberla encontrado de habérselo propuesto, seguro… Podría haber evitado esto…

-¡Mírame! – Se alza imperativa la dura y femenina voz. -¡Mírame a la cara! ¡Quiero ver como te destrozas por dentro, quiero ver en tus ojos como mueres en vida! – Y la orden da paso a la mayor de las carcajadas.

El temblor de los hombros se torna incontenible, las sacudidas de la elfa agónicas ya, y entonces, ocurre. Como una ampolla demasiado hinchada, la burbuja de sensaciones revienta, llevándoselo todo, cubriendo cuanto encuentra bajo un manto de un profundo y desolador frío que quema. Sus sentidos se colapsan; deja de ver, de escuchar, de sentir… Y sólo una cosa consigue abrirse paso hasta él desde el exterior. Sólo la gélida y eufórica risa de la vampira, suave y cristalina, bella en su misma crueldad, resonando clavada en sus sienes, aferrada a lo más profundo de su ser…

Y endereza el rostro sin saberlo, para abrir la boca y dejar nacer un grito que ni siquiera oye. Su piel se torna negra como el ónice, crujiendo e hirviendo con los espasmos de la musculatura y los huesos que se deforman bajo ella. Enormes colmillos escapan a su boca, atezadas garras curvas rematan cada uno de sus dedos, y el mundo se hace un poco mas pequeño, al tiempo que blancas bandas nacen y culebrean recorriendo el oscuro terciopelo que ahora cubre su piel.

La cadavérica elfa cae decapitada cuando la garra que la sostenía se cierra por completo, y la vampira ha interrumpido su triunfal risa, con la sorpresa grabada en su níveo rostro, acallada por el monstruoso rugido que hace retumbar la misma piedra de las paredes y techo sin dejar de llorar lágrimas desgarradas.

Cuando el silencio se hace, baja la vista lentamente hasta ella, clavando en la mujer sus ambarinos ojos de bestia. No hay siquiera furia en ellos, no hay ira; sólo un frío odio, un vacío desolador sin fin… Y sin un movimiento de mas, sin un gruñido siquiera, salta, cayendo ante la atónita Hechicera Oscura un parpadeo después.

-Pero que demon… - Masculla retrocediendo, pero un rápido y brutal zarpazo corta su frase. Aún sus sobrehumanos reflejos permiten que esquive el letal golpe, pero la garra alcanza y aferra su brazo, haciendo jirones seda y piel con una fuerza que no nace mas que de la muerte. Y la vampira recuerda algo que llevaba décadas sin experimentar; siente miedo, miedo del peligro real que ella misma ha dado a luz, del monstruo que acaba de engendrar. Con inusitada rapidez, lleva la mano libre a su cintura y hunde su macabra daga hasta la empuñadura en el muslo de la criatura ante sí.

Aldarion no puede sentirlo, no puede sentir nada ya, mas que esta cosa fría y negra que le devora desde dentro. Desencaja las mandíbulas y se pega a ella, hundiendo con profundidad los marfileños puñales en su hombro, haciendo crujir el mismo hueso. Ella grita dolorida, debatiéndose en su prisión, y remueve la hoja enterrada en su pierna con virulencia.
La rodilla falla y se dobla, besando un suelo regado por la sangre de dos engendros que nunca debieron nacer, y la felina aberración arroja a la mujer volando lejos de si, hasta una valla, para llevar luego la vista al arma en su muslo, y arrancarla. Se endereza de nuevo, sin un gruñido, sin un solo movimiento innecesario, y echa a andar con lentos y pausados pasos hacia la presa que, aún aturdida, yace sentada contra el metal.

Se acerca sin un parpadeo, los regueros del llanto marcados a fuego en lo que ahora es su morro, mirándola con esa abatida serenidad que tan fuera de lugar parece en la bestia que es. Y plantándose al fin ante ella, que parece apenas poder moverse, alza ambas garras por encima de su cabeza, con deliberada lentitud, y la enronquecida y amarga voz, semejante a un cascado ronroneo, dice bajo, sin victoria alguna en su tono;
-Lo has conseguido… Esto querías, esto tienes…

Y es justo cuando las garras se precipitan abajo, que la vampira, aprovechando los valiosos segundos dados, envuelve el lugar en la más profunda oscuridad, y de alguna forma evita el golpe. El mestizo enloquece al sentir su presa escapar, y libera su frustración en un desconsolado frenesí contra todo lo que le rodea, haciendo pagar a piedra y metal por sus reiterados fallos, por su culpa… Por su pérdida.

La oscuridad se desvanece, y lentamente la furia va dando paso a un crudo y doloroso desamparo, dejando a un elfo de rodillas en el suelo, llorando como no se permitió llorar en su vida, con el desconsuelo de un niño, del que nada tiene ya a lo que agarrarse, del que nada tiene ya que conservar. Hasta que sus ojos acaban por secarse, secarse por siempre ya, sabiéndose culpables de todo lo ocurrido, sabiéndose los auténticos verdugos de la difunta Sulya, y del hijo que nunca llegó a conocer.

Se fuerza a levantarse, y baja las escaleras hasta el cráneo de la mujer que amó y ama, e hincando una rodilla en el suelo, lo recoge con infinita delicadeza, entre ambas manos, para llevarlo ante sí, y apoyar su frente en él, cerrando sus húmedos y sellados ojos, evocando cada momento, cada precioso instante compartido con ella, cada segundo de felicidad que conoció… Y por un momento, se siente tentado de buscar un lugar al que llevar este único resto suyo, un lugar en el que poder honrarla, pero enseguida recuerda, con amargura, que para Sulya, como para él, el mundo nunca guardó lugar ni reposo alguno.

Así que anda hasta el borde de las aguas, y frotando su mejilla contra ella en una última despedida, la deja caer al agua con un roto y susurrado “Lo siento”. Y Sulya se hunde lentamente, seguida por la última y rezagada de las lágrimas de Aldarion, que se aferraba aún desesperada a su mejilla esperando el momento de poder acompañar al recuerdo de la mujer allá adonde sea que van los sueños perdidos…

“Iré contigo, Sulya… Cuando acabe aquí…”

Y se da la vuelta, marchando, con el único deseo de matar, para poder morir.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Pesadillas

Silbidos metálicos contra el viento, cortando la densa brisa nocturna de esta noche helada, en un bosque maldito mucho tiempo atrás por alguien que ya nadie recuerda. Rencores olvidados en la corriente del tiempo, futiles y mundanos, pero cuyas consecuencias sigue padeciendo esta tierra marchita.
Silbidos que se suceden sin descanso, continuados, acompañados por los entrecortados jadeos de una respiración a la que le cuesta ya mantener el ritmo. Las manos guían incansables ambas espadas contra las invisibles sombras del páramo, sombras que no pueden ser cortadas, ni vencidas. Sombras que no están ahí. Pero nada impide que las estocadas y abanicos se enfrenten al viento una y otra vez, en su ululante y arítmico canto de soledad. Pies descalzos que pisan hierba mucho atrás muerta, intentando seguir el ritmo de las manos, saltando, cabriolando para esquivar golpes que nadie mas que él mismo ve.

Al final, un traspié contra una raíz podrida, y el mestizo cae de rodillas sobre la blanda y húmeda tierra, dejando caer los brazos a los lados, las armas reposar en el suelo, la argéntea cascada derramada sobre sus hombros y pecho, sobre su rostro, mientras lucha por llenar con algo de oxígeno los pulmones que le arden en el pecho. Y entonces, una vez mas, como tantas otras noches, la siente, malditamente cerca de él, tan próxima y lejana... Nota con total claridad el fino dedo bajando en sutil caricia por su espalda desnuda, culebreando entre las perlas de sudor que llora su piel, deteniéndose a degustar cada relieve de sus cicatrices, resiguiéndolas como tantas veces hizo... Llega entonces la voz, indudablemente femenina, dura y delicada al tiempo, tan fría como odiosamente hechizante:
- ¿Ya no puedes mas, gatito? – Pregunta con fingida desilusión infantil, y aunque no puede verlo, el mohín en los labios carmesí se dibuja en su mente con exactitud fotográfica.

Los ambarinos ojos de Aldarion siguen fijos al frente, clavados con tensa rigidez, la sombra de la demencia pintada en desenfocados trazos oscuros bajo ellos, en unas macabras ojeras de trastornado. No quiere girarse, no puede hacerlo, no está preparado para lo que vería a su espalda. Nunca lo estará. Sabe perfectamente que no está ahí, que no puede estar ahí... Que se fue mucho tiempo atrás, sin dejar mas que una fría despedida, sin explicación, sin motivo... Sabe que se fue, aunque desde entonces le visite todas las noches. Malditos los fantasmas de aquellos que no han muerto, malditos los ojos que ven, y la mente que recuerda.

El tacto en su espalda deja de sentirse, al tiempo que rojas botas aparecen ante él. No alza la vista, hasta que los finos dedos tiran de su mentón hacia arriba, sin fuerza ni prisa, dejándole que la contemple gradualmente, extenuado como está, pero no por el ejercicio. Una mujer alta, de porte indudablemente atlético, fino y exuberante en curvas, como sus ajustadas ropas y su escueto chaleco dejan ver. Una larguísima y abundante melena de un vivo rojo cae hasta mas allá de sus caderas, cubriendo con natural y desordenada gracia la frente y cuello de la mujer, apartándose en lo alto de la cabeza para dejar nacer dos cortas astas, que lejos de resultar desagradables, no hacen mas que acentúar ese aura de atrayente peligro que la envuelve. Labios carnosos, curvados en esa media sonrisa amarga suya, ese gesto que nunca llegó a perder. La nariz fina, las cejas levemente fruncidas en su eterno gesto de desafío, y esos intensos y agudos ojos verdes, de fuego y de hielo a la vez, tan fríos como ardientes.

Le obliga a mantener la mirada fija en ella por unos momentos que no quieren pasar, que no distinguen entre segundos y días, y al fin, lentamente, sin soltarle, se agacha hundiendo una rodilla en el suelo con agilidad y elegancia, poniéndose a su altura.
- No es así como luchan los guerreros. No es así como me enseñaste a hacerlo... Te vuelves débil, Aldarion... – Añade en un quedo susurro, sin alzar la voz más de lo necesario para ser apenas escuchada, mientras acerca con deliberada lentitud los labios a los suyos, sin perder por un instante ese frío brillo en los ojos.

Y como siempre, justo en el mismo instante en que el abatido mestizo se abandona a su propia locura, en el mismo momento en que cierra los ojos, dispuesto a entregarse a ese beso que sabe fruto de la demencia, la imagen de Sulya desaparece, su cálida respiración se esfuma, y el cosquilleo de su tacto en la barbilla se deja de sentir lentamente, abandonándole una vez mas, otra noche mas, de tantas, a su amargo devenir.
El pulso se le dispara con violencia, inundando las venas de un torrente de adrenalina que hace crujir audiblemente la musculatura al sobretensarse a su paso. Los labios se arrugan, mostrando los pronunciados colmillos, el cabello se encrespa, las felinas orejas se echan atrás. Pero de alguna forma, lo contiene. Consigue sosegarse de un modo superficial que él mismo no alcanza a comprender, que no se molesta en intentar entender.
- Guárdalo para cuando lo necesites... – Cree escuchar en un lejano eco en su mente, seguido por una baja y cristalina risa...

Se alza lentamente, devolviendo las vainas a sus hojas sin un movimiento de mas, sin un solo gesto, sin emoción alguna en sus inexpresivos ojos de animal perdido, sin escuchar el torbellino de emociones que arde frío en su pecho, y que sabe que siempre estará ya ahí. Vuelve a la hoguera con paso lento, tranquilo en apariencia, mientras alza la vista a la Luna, que brilla llena en el firmamento, presidiendo el oscuro manto en su lento paseo de exhibición, seguida como siempre por sus Lágrimas. El momento se acerca, hay que ponerse en movimiento.

Se agacha frente a la hoguera, recogiendo su negro peto de cuero, y lo sacude antes de ponérselo, antes de cubrir el millar de cicatrices que el mapa de su piel resulta, culebreando al son del juego de luces y sombras que las llamas lanzan sobre el tenso e irregular tapiz. Revisa una vez mas cada puñal, cada estaca, cada vial de agua bendita... Y finalmente se pone en pie.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Sueños extraños




Apenas se ha movido la Luna dos palmos en el cielo desde que empezó a viajar de vuelta al cruce, pero no puede evitar darse la vuelta, de pie sobre una rama alta, y contemplar lo que deja atrás...el mismo corazón del Elyandel, un completo misterio todavía, incluso para él...

Ve por el rabillo del ojo el nervioso deambular de la sigilosa pantera algo por encima de él...también Luna está intranquila...Un leve suspiro, una ligera exhalación en la noche del bosque...todo parece tan tranquilo...las luciérnagas se confunden en el aire con las volutas de niebla bañadas por la luz de la luna, con las esporas, los pólenes que flotan en el aire entre los descomunales árboles monocromos que conforman el impenetrable corazón del Bosque Azul, retorcidos, enredados, unidos todos entre ellos hasta el punto en que es imposible discernir si los colosales brazos de madera que se alzan decenas y decenas de metros por encima del suelo son ramas o raíces...

Bajo el manto de estrellas, los gruesos cordones de madera casi parecen argénteos, coronados por grandes hojas de un azul demasiado intenso para ser natural. Pero lo es. Nada aquí es lo que parece ser...tan tranquilo, tan vacío...nadie podría conquistar el corazón del Bosque Azul, es algo sobrecogedor, aunque no amenazante...no para el cauto...Sus enmarañados árboles, tan grandes que hacen que los desgarradores que trepan por ellos parezcan hormigas, pulsan, laten con algo que está mas allá de la magia...con algo antiguo y primigenio, misterioso...algo que lleva siglos allí, muchos siglos... Nunca olvidará aquella noche, aquel solsticio de verano...

Llevaba muchos días intentando internarse mas y más en el bosque, viajando cada noche hacia el centro, pero por alguna razón que no alcanzaba a comprender, siempre acababa desviándose, nunca podía alcanzar la enorme densidad que podia verse a lo lejos, desde las copas de los árboles mas altos.
Sin embargo, aquella noche algo le guiaba, tenía la sensación de estar yendo hacia donde quería por primera vez en varias noches, así que siguió en la misma dirección durante horas, corriendo, saltando de rama en rama, balanceándose, descolgándose, trepando...Pero una vez mas el amanecer se le echó encima.
Maldiciendo por lo bajo, bajó del árbol, y con un penetrante silbido, le comunicó a Luna dónde estaba. Anduvo en silencio arriba y abajo hasta encontrar un glotón enfermo que le serviría bien. Tras el pesado desayuno, que le llevó media mañana, buscó un hueco frondoso entre ramas y se encogió en él, esperando despertar a media tarde. Fue un descanso extraño, muy extraño; lleno de susurros en el viento, de murmullos en las hojas, de olores silvestres, de movimiento...

Cuando abrió los ojos, creyó no haber despertado aún. Dos enormes y brillantes ojos de corzo, infinitamente negros. Apenas a un palmo de su cara, miran con una extraña y turbadora curiosidad...Una esbelta y menuda figura femenina, en cuclillas ante él, perfectamente quieta. Enredaderas su cabello, un gris azulado su piel a la luz de las estrellas, con una imposible textura de caoba...Un perplejo parpadeo, ya no está...un sueño...un extraño sueño...Se levanta el elfo con la inquietud golpeando cada vez con mas fuerza en su pecho, desorientado...un momento...la rama en que durmió era diez, no, veinte veces mas fina que ésta...Mira alrededor completamente perdido,y se convence de no haber despertado. Árboles demasiado grandes para ser de verdad extienden sus azules ramas y hojas por todos lados. Arriba, la torre arbórea parece no tener fin, abajo, no puede verse el suelo entre la amalgama de surreal vegetación. A sus espaldas, se extiende el Elyandel, uniforme en la clara noche de Luna llena, a muchos metros bajo él.

No puede haber Luna llena, ayer apenas si habia empezado a crecer...más importante aún, había dormido todo el día para despertar aquí...Y se gira de nuevo hacia el monstruoso coloso de infinitas plantas que hierve de vida. Contínuamente cree ver por el rabillo del ojo rostros que le observan desde el follaje, desde la ramas, pequeños puntos de luz, cosas brillantes, ramas que se mueven a pesar del inexistente viento...pero cada vez que mira, como si estuviese siendo presa de una retorcida broma, el onírico paisaje aparece perfectamente quieto y vacío, normal...no, algo así no puede ser normal...

Entonces empieza; un sonido como de tambores a lo lejos, de flautas y ocarinas en el viento, bien podrían ser cantos de pájaros, pero sabe que no lo son...Viene del centro, de lo profundo del gigantesco árbol, de su oscuridad azul...Y se encamina hacia el sonido, nervioso, asustado, pero hipnotizado...Algo se le acerca por detrás...oh, sólo es Luna, la sigilosa pantera, que le sigue con sinuosos andares. Ella parece tranquila.

Así que se adentra en el bosque de ensueño, un paisaje que está convencido sólo existe de noche, andando por las enormes ramas, trepando por lianas mas gruesas que él mismo, subiendo por los ciclópeos troncos de un azul blanquecino, siguiendo la extraña música, si es que se puede llamar así, que parecía venir ahora de arriba. Suben los dos, suben tanto que el elfo cree que no podrá bajar, suben durante lo que parecen horas, pero la preciosa Luna llena sigue en el mismo centro del cielo, brillando llena sin moverse un ápice.

Pero deben estar acercándose, porque se oyen cantos. Aunque más que oirse, se sienten, tirando de él hacia arriba, con voces que no son humanas ni élficas, en una lengua salvaje y misteriosa, bella en su incógnita, acentuando hasta los límites el ambiente de onírica magia de esta noche. Hace mucho que no sabe si sigue soñando o ha despertado, probablemente nunca lo sabrá. Pero solo puede seguir trepando, siguiendo la música que sabe escuchar sólo dentro de su cabeza, siguiendo los exóticos cantos. Los brazos y las piernas deberían dolerle desde hace mucho, lleva una eternidad subiendo, pero no es así, no duelen, la única sensación hoy es ese misterio que flota en el aire, esa magia que parece haberlos secuestrado en un mundo ajeno...

Y al fin, el ascenso termina, pero nadie podria haber estado preparado para lo que espera en la cima. La copa del agigantado árbol acaba en plano, en una lisa superficie de madera llana de al menos cincuenta pasos de diámetro, sobre la que bailan y retozan una miríada de seres que sólo deberian existir en las fábulas, rodeados por las ramas mas pequeñas que se alzan desde saben los dioses donde. Y todo lo corona la Luna, brillando en el centro exacto de la cúpula celeste, mayor de lo que nunca la había visto. Mujeres como la que creía haber visto abajo, de inmensos ojos negros sin pupilas, cubiertas algunas con verdes y azules hojas que parecen brotar de su misma piel, no cesan de bailar y cantar provocadoras, acariciantes. Pequeños hombrecillos con peludas piernas de cabra tocan caramillos mientras siguen extasiados el ritmo, nubes enteras de pequeños seres parecen volar por todos lados entre agudas risas, y otras criaturas aún mas bizarras se mantienen en el exterior del círculo, observando. Alda se queda paralizado por completo, sin poder dejar de observar el espectáculo que se desata bajo la luz de la luna estival, ante sus incrédulos y muy abiertos ojos. Si le quedara algo de cordura, la habría perdido en este mismo momento...

Pero de repente, toda la música cesa, todos los cantos callan, y todos los pares de ojos se clavan en él. Se escuchan los susurros por todos lados a la vez, sin que nadie abra la boca ni se mueva, sin que las docenas de ojos negros parpadeen siquiera. Y lentamente, algunas de las figuras empiezan a acercarse, aunque mas que acercarse, se deslizan hacia él, o aparecen más cerca. En unos pocos segundos el aire a su alrededor hierve de susurros inaudibles, de sensaciones indescriptibles, de sueños no soñados, mientras las figuras giran a su alrededor cada vez más cerca, sin dejar de murmurar, alargando manos fugaces para rozarlo, acariciarlo, cogerlo, estirarle hacia un lado, hacia otro, mareándolo aún mas de lo que ya lo está, volviendo todo su desconcierto, su desorientación, su miedo, en una confusa amalgama de emociones indiscernibles, tornando el surreal sueño en algo que se le antoja amenazante y peligroso.

Un violento y ronco bufido rompe el aire, sonando desagradablemente real, vulgar, partiendo la tensión de la magia flotando en el ambiente. Cuando Aldarion vuelve a abrir los ojos, está solo en el imposible patio, sólo la pantera le mira con una ambigua expresión. El mareo se abalanza sobre él con tal fuerza que no alcanza a hincar una rodilla, todo se da la vuelta, los colores se mezclan, los sonidos se deforman, y antes de caer, sólo atina a creer escuchar un fino susurro “demasiado humano...demasiado humano para nosotros...”

Menea la cabeza el elfo sobre la rama, contemplando aún los gigantescos árboles junto a Luna, y no puede evitar sonreírse amargamente. Ni siquiera a él se le escapa la ironía de que el bosque no lo reconociera como uno de los suyos...Despertó la noche siguiente, en el mismo sitio en el que cayó, Luna le esperaba. Bajó y anduvo durante mucho, muchísimo tiempo por la arboleda de imposibles proporciones, pero nunca volvió a encontrar a ninguno de esos seres allí. Se dio cuenta también de que no importaba cuanto pasara allí, que nunca amanecía hasta abandonar el lugar, y que era capaz de encontrarlo y volver ahora, aunque, por supuesto, sólo cuando el Sol ya se había escondido, pues él nunca permitiría la existencia de tal paisaje.

-Ni a un mundo, ni al otro...je...- dice bajo, sonriéndose y dejando escapar un colmillo por fuera de los labios. Vamos vieja, vamos...- y echa a correr, saltando de nuevo de rama en rama hacia los dioses saben donde...

Refugio




Otra noche despejada cubre con su manto oscuro y brillante la ciudad de la moneda, como siempre, como nunca...Por que no hay dos noches iguales en las tierras de la Intriga, hogar, perenne o caduco, de toda clase de mercaderes, aventureros, y otros extraños menos deseables.

Con un crujido de madera, el cansado oficial que guarda las murallas interiores atranca la puerta de las caravanas y hace el cambio de turno, afanándose por llegar a la relativa seguridad de su hogar antes de que oscurezca del todo...mas las sombras caen antes en los barrios bajos de la ciudad...esta noche correrán las monedas...o la sangre. Serpenteantes jirones de siniestros nubarrones intentan rodear con sus brazos a la eternamente bella Selune, que preside hoy el firmamento en la forma de medio disco del más puro e hipnotizante plateado, seguida como siempre por sus Lágrimas...Y cuando las impíamente osadas nubes cubren el astro, las apestosas y mugrientas calles empiezan a hervir de susurros inaudibles, a burbujear de sombras inquietas, de manos impacientes...como cada noche.

Los últimos labriegos cruzan la portezuela agotados, con algún que otro gemido, deseando poder tomar un caldo caliente o una cerveza fresca de la posada, poder disfrutar por un momento de los exóticos y sensuales contoneos de una bailarina, de la reconfortante y dulce voz de la joven que canta un poco mas allá, acariciando su arpa, o simplemente deseando llegar a casa y dormir unas horas sobre un lecho de paja piojosa.

Y a la vez, pequeños grupos o solitarias figuras se hacen a los caminos, en busca de fortuna, de gloria, persiguiendo una leyenda, ansiando algo que cambie radicalmente sus vidas, o quizá buscando el sentirse vivos solamente. Vigilantes ojos invisibles a la mirada inexperta cubren cada milla de caminos salvajes, e inenarrables horrores despiertan de su sueño en malditos cubiles, emplazados donde nunca han de hallarse, donde nadie ha de escuchar los desgarrados gritos.

Mas alguien parece refugiarse del mundo en la superficial tranquilidad de un claro de bosque. Huellas que han manchado de sangre la húmeda hierba delatan el camino seguido por el prófugo, llevando estas hasta el pie de un arbolillo junto al río. Un espectador atento se daría cuenta de que la sangre corre también tronco arriba, hasta una escuálida rama sobre la que descansa una menuda y extraña figura, de cara a la Luna. La tenue luz del astro resalta, enmarca sutilmente una piel plagada de marcas y cicatrices, bajo la que culebrean nerviosos los músculos. La alborotada melena plateada le cubre el rostro mientras lame las tres zanjas carmesíes en su hombro, de las que gotea el oscuro fluido vital.

Alza luego la vista a la argéntea reina, la intensamente amarilla mirada brillando desafiante...y es que tan perdida está, que poco mas que desafiar, que rebelarse, puede hacer. Un lejano aullido, que no tarda en encontrar eco por todos los alredores, le hace aplastar las orejas con un gruñido, recordándole hechos que preferiría olvidar...Pero últimamente nada está en su sitio...Los extraños lobos aparecen cada vez con mas asiduidad, cada vez se acercan mas...la última vez pudo espantarlos, pero puede olerlos cada día mas cerca...volverán...Y se abraza con la aterciopelada cola cuando siente un incómodo escalofrío al pensar que quizá la próxima vez sean mas, o mas fuertes, o peor aún...que “eso” consiga volver a salir...

Fugaces flashes, retazos de memoria que solo se le presentan en sueños le hacen estremecerse aún cuando mira a la cara a Selune, y siente que la rabia de su pecho se une a la tibia luz del astro en su pulsante titilar, para latir acompasadas...Y lo nota un poco mas cerca de la superficie, un paso mas cerca de volver a hacerse con el control...Aquella vez despertó aquí mismo, tirado al lado del arroyo, rodeado de los demás...la Pequeña dijo que no fue él quien la hirió, pero no podia estar seguro de eso...y luego, la maldita oscuridad, los gruñidos y los mordiscos, y aquel duro pelo que sus zarpas apenas podían atravesar. Y para colmo, los chupasangres volvían a moverse mas de lo normal de un tiempo para acá...podía sentirlo en las cuevas, en los túneles, el peligro acechaba tras cada recodo, relamiéndose ansioso entre apagados murmullos.

“No, no es momento para debilidades...” piensa meneando la cabeza severo, negando de lado a lado. “ Y sin embargo es ahora cuando mas débil me siento...si no hago algo, la próxima vez será otro quien lo pague...” Y al cruzar su mente el desalentador pensamiento, aprieta la mandíbula de forma inconsciente, clavándose los colmillos en el labio. Rebusca en su desordenado fardo, hasta encontrar la pequeña cajita, que abre con cuidado para sacar de ella un inusualmente bien cuidado pergamino. Lo lee mentalmente para sí, reforzándose su resolución, para volver a guardarlo luego y descolgarse con una ágil voltereta de la rama.

Marcha. Marcha hasta que esté mas seguro de quien es, donde no pueda transformarse en la debilidad de nadie, ni nadie en la suya. Se aleja hacia la profundidad del bosque, buscando la fuerza, como siempre, la segura soledad.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Ah... Creo que esto es una introducción.

Bueno, es de noche, y la noche, como a todos, me confunde. Vale, bromas fáciles a parte, sabeis bien a qué me refiero. Quizás sea confusión, quizás sea claridad, quizás simplemente sea otra cara de las personas. Pero es un hecho que nos cambia. La noche echa abajo muchas máscaras, muchas fachadas, y de repente, te encuentras escribiendo cosas que no deberías estar escribiendo frente al ordenador. El ordenador... Eso tambien tiene la culpa de buena parte de esto, pero es otra historia ya.

El asunto es que esta noche he leído algunas cosas, y he sentido ese cosquilleo que dice... ¿Por qué no tú tambien? Un lugar donde escribir algunas de las cosas que se me pasan por la cabeza, aquellas de las que nunca hablas en persona. Naturalmente, solo algunas, porque la mayoria de las cosas que se me pasan por la cabeza prefiero no expresarlas. No es por nada, pero es que hay cosas que, si las dices, si las exteriorizas de forma tan clara y evidente, pierden todo el valor. Desde un simple "te quiero", a toda una filosofía de vida, si lo plasmas en palabras, si lo gritas a los cuatro vientos... parece que estés ensuciándolo, quitándole su pequeña parte de magia, aquello que lo hace especial, que te hace especial.

Aunque claro, el problema está en que la línea que separa aquello que puedes contar de aquello que no, o aquello que simplemente puedes sugerir, dista mucho de ser clara, en parte por este maldito efecto de eso que llaman noche, así que no os extrañeis de ver entradas borradas de un día para otro sin mas. Pero me conozco relativamente bien, y sé que no tardaré en abandonar esto; no es solo mi increible inconstancia y mis aires bipolares, es que tarde o temprano hablaré de mas, pues el impulso de vaciarnos, de soltar todo lo que tenemos al mundo, y de contarlo todo, siempre estará ahí. Depende ya de la filosofía de cada uno el obedecerlo o no. Pero bueno, mientras me canso y no, tengo un rincón donde ir soltando lo que me rebosa.

Y después de esta ñoña sucesión de sinsentidos (ya me releo y me doy arcadas), empezaré por simplemente poner un antiguo escrito mío, por qué no. No es mas que un relato que escribí una noche de ésas en que cuando te das cuenta, estás vomitando frases sobre el teclado. Es acerca de un viejo alter ego mío, un personaje de fantasía, en un mundo de fantasía. No le di mayor importancia en su momento, pero un día mi padre encontró una copia impresa del mismo, y la leyó. Y se preocupó. De hecho anduvo un buen tiempo detrás mio con lo de siempre "Albert, ve a un psicólogo, Albert ve a un psicólogo". Al carajo Albert y el psicólogo, digo yo siempre. Todos sabemos bien como son los padres, y el mío exageraba de largo, pero sí es cierto que la corta historia refleja... cosas. Cosas que aún hoy, dos años después, siguen tan vigentes como el primer día, sensaciones... Sin mas, aqui dejo mi piltrafilla:



De nuevo noche sin Luna, de nuevo nubes negras, tormenta...Dos ojos amarillos se alzan al cielo, blancos mechones mojados intentan esconderlos. No pueden. Una mirada intensa, tan intensa como...tan intensa como perdida, lejana...

Aldarion echa a andar cabizbajo, notando la hierba mojada en las plantas de los pies, notando en el peso del cabello, la caricia de las finas gotas de lluvia...notando lo que siempre consiguen sacar las noches como ésta, lo que no quiere recordar.
No sabe a dónde va. No le interesa, no hay diferencia...Sigue de forma instintiva el camino del este, hacia las puertas exteriores, hacia ningún lugar. Apenas una sombra, anda agazapado entre la hierba alta, al amparo de la cerrada noche...maldito su amparo, diablos...

Los guardias del turno de noche no se percatan de que alguien sale...aunque probablemente tampoco lo harían si les pasara por el lado, hoy vuelven a estar borrachos. Y se abre el campo de montículos de los exteriores...hierba pisada...un río fresco, negras sus aguas como si a la mismísima Estigia fuera a desembocar...y los gritos de los kóbolds a lo lejos, esperando a alguien que se deje matar fácil. No podían saber que se esperaban a sí mismos...pero da igual, en las noches como ésta, la sangre parece agua, aún la que mana de los cuerpos de los lagartos...

Sigue el río, sin saber por qué, sin preguntárselo...La tormenta arrecia, fulminantes relámpagos iluminan el cielo, la retorcida argamasa de negras nubes. Silba el viento en los oídos, golpea el agua en la cara...Como siempre.

Y siguen los pies moviéndose por voluntad propia, o quizá ajena, pero no importa, se mueven. Se gira levemente una oreja, da un respingo; se distingue un parloteo entre el viento y los truenos.
Un gigante verde y verrugoso es el origen...se queja a los dioses del maldito temporal...hasta que ve a la pequeña figura que le mira desafiante desde el camino, con los amarillos ojos brillando.
Dos armas lleva, dividido está. Los ojos helados, el corazón ardiendo. Sale disparado el menudo ser hacia él de golpe, explotando sin previo aviso con un agudo bufido de gato, áspero y rebosante de rabia...y antes de poder darse cuenta, se han enzarzado...frío y calor, fuego y hielo...y todo termina.
Lo mira Aldarion de pie, bañado en sangre, lo mira insultante, lo mira frustrado. Débil, débil, débil...débil! Y una recriminatoria patada sacude el cadáver.
Parece que tampoco hoy morirá...Y siguen los pies su inescrutable curso, aunque más despacio, heridos. Siente su sangre escapar, latiendo allí donde el trol desgarró, pero no para, no va a pararle el dolor ahora. No ése dolor, este es casi reconfortante, piensa estrujándose con fuerza la herida del hombro, clavando las uñas en ella sin dejar de moverse. Este se siente aquí ahora, se sabe de dónde viene, y se irá. Malditos sean los dioses.

Larga se hace la noche, largo el camino, larga la lucha y agudo el dolor, pero al final, como todas, pasa, enterrándolo todo de nuevo bajo la lluvia, tapando lo que no se puede tapar, lo que acabará por salir...el precio; unas cuantas marcas mas. Unas pocas mas...ya hay muchas, no se notan, está bien...está bien.